Sin biotecnología, el campo mexicano está destinado al fracaso

Es un hecho que la biotecnología no es una solución mágica para todos los problemas de la agricultura, pero si es una herramienta fundamental para incrementar la productividad de los cultivos, reducir los impactos ambientales de la explotación agrícola e incrementar la resiliencia de los agricultores ante los efectos del cambio climático. No obstante, a pesar del consenso científico en torno a la seguridad de los Organismos Genéticamente Modificados (OGM) y de los claros beneficios que su uso supone para millones de agricultores, la oposición irracional por parte de numerosos grupos activistas ha complicado su adopción en el campo mexicano.

Recientemente, un grupo de investigadores liderados por Elena Álvarez-Buylla, conocida activista anti-OGM, publicó un artículo (González-Ortega Et. Al., 2017) [1] en el que reportan la presencia de secuencias genéticas asociadas a variedades transgénicas de maíz en el 82% de 367 muestras de productos derivados del grano; resaltando la presencia de secuencias transgénicas en el 90.4% de las muestras específicas de tortilla, un producto de suma importancia en la dieta mexicana, con un consumo promedio anual per cápita de 56.7 Kg en el medio urbano y de 79.5 Kg en el medio rural

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